Si había algo que me gustaba de vos era como pelabas la naranja.  
Con amor para que no se lastimara, hacías una larga serpentina con la cáscara.
Tenías una gran destreza para sacarle todo lo blanquito con el cuchillo.
Uno por uno y suavemente, como arrancando la piel de plasticola.
Cuando brillaba cualquiera pensaría que era el momento de mancharse los dedos.
Pero no.
En ese instante ya me daba un poco de bronca, porque estaba ansiosa esperando el momento de verte saborearla.
Con el filo preciso y lento separabas los gajos y no se perdía ni una sola gota de jugo.
Entonces si.
Nunca había visto algo así, y toda esta operación en manos de alguien como yo hubiera sido una catástrofe.
Deberías saber que cada vez que como naranja trato de imitar cada paso pero siempre siempre me pierdo antes de empezar.

Foto y texto: Veroka


"... andar y andar, seguir, seguir
las ramas se abren y me dejan pasar
y dónde, dónde, dónde estás?
las calles terminan y no aparecés
mi cuerpo en esta ropa ya no entra más
y se sueltan los hilos de viejos que están
la costura se abre y así deja ver
lo que hay del otro lado de esta piel
las ramas se abren y me dejan pasar
las calles terminan y no aparecés
andar y andar, seguir, seguir
y dónde, dónde, dónde estás?"

Texto: Negro y Amarillo. Pequeña Orquesta Reincidentes
Foto: Veroka

Lana gris en mi cara de ojos cerrados. Me gustan tus brazos que abrazan. Grandotes. Esponjosos de invierno. Brazos para hundirse y perderse en la nada. Me gusta tu mano en mi cabeza apretándomela contra tu pecho. Y perderme en el ritmo de tu sangre. Que late. Y respira profunda. Empujándome. Trayéndome. Agarrándome, me hundo.
“Bueno, dejamos acá, cada uno vuelve a su lugar”, dice el coordinador del taller. 

Realidad. Y yo ni se quién sos, pero tampoco me importa.

Veroka


Vos ahí, orilla.
Siesta de abrazos, olas de fondo y dormir profundo. Abrir los ojos y verte. El pelo volando en la cara y el sudor del sueño. La modorra y el beso de buenos días con boca pulposa. Tu mano en mi espalda y mi mano en tu pelo.
Vos los mares y yo los trenes.
Vos allá y todas las olas, maremotos y tsumanis entre nosotros.

Veroka 

porque yo me desierto y tú me lluvias
porque me océano y me balsas
porque me otoño y tú me hojas
porque me sótano y me alas
por eso yo te músico y me músicas
por eso yo te potro y tú me frutas
y yo te marinero y me tabernas
y yo te remolino y me lagunas
por eso yo te circo y tú me infancias
por eso te amarillo y me amarillas
y te barco y me arenas
y te astro y me noches
y te buzo y me perlas
y te campo y me flores
por eso yo te viento y tú me crines
por eso te crepúsculo y me auroras
por eso yo te cielo y tú me golondrinas

Por eso - Pedro Mairal
Foto: La fuente de los candados - Veroka
[según la costumbre si uno deja un candado en la fuente con las iniciales de su pareja, eso significa que están destinados a regresar a Montevideo y permaneceran unidos por siempre]
Un ojo.
Una mirada.
Una foto blanco y negro.
Pedacitos de cuerpos y de cielo. Luces y sombras.

Foco y fuera de foco.

Una mano roza una mejilla húmeda. Los pelos al viento. Palabras al aire.
Espuma de mar y un beso con ritmo desparejo, descoordinado y nervioso.
Un perro duerme la siesta bajo la luna, ajeno. Y las lucecitas intermitentes de los barcos en el horizonte marcan el ritmo de la escena.
Un dedo de pecho estrujado, tímido toca otro dedo.

Las olas van y vienen.

La ciudad está vacía o tal vez no exista más que esa polaroid.
Las gaviotas en la noche sobrevuelan el agua.
Olas y gaviotas.
Se aceleran los latidos al ritmo de las luces. Respiran tan hondo que pueden escuchar como el aire del otro entra, llena el pecho y sale. Profundo. Contenido.
Olas, gaviotas, lucecitas, latidos y el aliento hacen música al ritmo de la noche, íntima.
Uno de ellos cierra los ojos.
Y lo siente, es el momento del no te vayas.

Los abre.

Bocinas, autos, gente caminando. La ciudad está viva otra vez. Las olas y las luces descoordinadas.
Y ese otro no está ahí.

Falta el aire.

Una foto blanco y negro. 
Veroka

Nadie podrá matar aquel tiempo, nadie nunca podrá: ni siquiera nosotros. Digo: mientras estés, donde estés, o mientras esté yo.
Dice el almanaque que aquel tiempo, aquel tiempito, ya no es: pero esta noche mi cuerpo desnudo te está transpirando.

Ventana sobre una mujer (III) - E. Galeano
Foto: Veroka

Hoy estoy así, ¿sabés?
Con este remolino en la panza y esta nube entre los ojos.
Te pienso y te extraño.
Te pienso y me alegro que estés lejos.

Veroka




Los pies, los besadores de la tierra,
hacia la pierna el ángel del tobillo,
tibia ascensión de piel,
perfil de la penumbra
que sube por el muslo hacia la luna,
un territorio incierto,
un suave advenimiento
de cumbre de la mansa travesía,
luego la altura dócil,
reposada cadera del imperio,
maja dormida, venus sin espejo,
y un desbarrancamiento a la cintura,
un resbalar de luz hasta el olvido
para seguir subiendo
la hedónica ladera de la espalda,
torácica prisión, dorso del alma,
después la curva clara,
la música del hombro,
el cuello desvalido
y desde allí fluyendo caudalosa la oscura cabellera hasta la sombra. 

Texto: La mansa Travesía, de Pedro Mairal
Foto: Pies. V. Q.

...como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía...

Texto: Fragmento de Objetos Perdidos del Gran Cortazar
Foto: Cosas de la abuela - Veroka