Lana gris en mi cara de ojos cerrados. Me gustan tus brazos que abrazan. Grandotes. Esponjosos de invierno. Brazos para hundirse y perderse en la nada. Me gusta tu mano en mi cabeza apretándomela contra tu pecho. Y perderme en el ritmo de tu sangre. Que late. Y respira profunda. Empujándome. Trayéndome. Agarrándome, me hundo.
“Bueno, dejamos acá, cada uno vuelve a su lugar”, dice el coordinador del taller. 

Realidad. Y yo ni se quién sos, pero tampoco me importa.

Veroka