Un ojo.
Una mirada.
Una foto blanco y negro.
Pedacitos de cuerpos y de cielo. Luces y sombras.

Foco y fuera de foco.

Una mano roza una mejilla húmeda. Los pelos al viento. Palabras al aire.
Espuma de mar y un beso con ritmo desparejo, descoordinado y nervioso.
Un perro duerme la siesta bajo la luna, ajeno. Y las lucecitas intermitentes de los barcos en el horizonte marcan el ritmo de la escena.
Un dedo de pecho estrujado, tímido toca otro dedo.

Las olas van y vienen.

La ciudad está vacía o tal vez no exista más que esa polaroid.
Las gaviotas en la noche sobrevuelan el agua.
Olas y gaviotas.
Se aceleran los latidos al ritmo de las luces. Respiran tan hondo que pueden escuchar como el aire del otro entra, llena el pecho y sale. Profundo. Contenido.
Olas, gaviotas, lucecitas, latidos y el aliento hacen música al ritmo de la noche, íntima.
Uno de ellos cierra los ojos.
Y lo siente, es el momento del no te vayas.

Los abre.

Bocinas, autos, gente caminando. La ciudad está viva otra vez. Las olas y las luces descoordinadas.
Y ese otro no está ahí.

Falta el aire.

Una foto blanco y negro. 
Veroka